Ficha de la aplicación
Lo que vas a encontrarte dentro.
Lisvaro no busca productos ni compara tiendas. Tú le das la dirección de una página concreta y la aplicación vigila ese precio: el de la ficha que has elegido, en la tienda que has elegido. Si la ficha ofrece varios formatos —tallas, tamaños, colores, sabores—, eliges cuál seguir; si no eliges, la aplicación te dice cuál ha tomado.
Quien llegue esperando un buscador de ofertas se irá decepcionado. Quien quiera vigilar un precio concreto, no.
Lo que vas a encontrarte dentro.
Copia la dirección de la página del producto en la tienda y pégala en la aplicación. O, mientras navegas por una tienda —en el navegador o en la app de la propia tienda—, usa «Compartir» y elige Lisvaro: se abre con la dirección ya puesta. Al añadirla decides qué hacer con ella: seguir su precio, o guardarla en la Wishlist, que se queda con su foto, su nombre y el precio que tenía ese día y no se vuelve a consultar nunca.
Cada producto puede tener varios avisos, de tres tipos: por precio, cuando llega a la cifra que fijes; por descuento, cuando se alcanza el porcentaje; y por vuelta a la venta, cuando la tienda repone algo que estaba agotado. Cuando uno se cumple, el móvil te lo notifica aunque la aplicación esté cerrada, y al tocar la notificación se abre la ficha. Hay una segunda señal que dura más: en la lista, esa ficha se queda de color verde mientras el precio siga cumpliendo el aviso.
Todo lo que la aplicación sabe de un producto, en una pantalla: la foto, el precio de ahora, cuánto ha bajado respecto al máximo de treinta días, la gráfica, los avisos y tu nota. El nombre lo pone la tienda y no se puede cambiar, a propósito, para que siempre sepas qué ficha estás viendo; lo tuyo va aparte, en una nota que solo ves tú y que también aparece en la lista.
Cada lectura se guarda en el móvil y se dibuja en la ficha, y ese historial es lo que permite calcular un descuento real sobre treinta días. Tocando la gráfica se abre en grande: eliges el tramo —siete días, treinta o todo—, la recorres con el dedo para ver el precio de cada día y ves a qué distancia estás de tu objetivo.
Seguimiento es lo que estás vigilando: las fichas van en el orden que tú quieras, arrastrándolas, y con la chincheta se clava una arriba del todo. Objetivo reúne las que ahora mismo cumplen alguno de sus avisos, y entran y salen solas: si el precio vuelve a subir, la ficha desaparece de ahí sin que hagas nada. Wishlist es lo guardado sin vigilar, y no cuenta para el número de fichas que puedes seguir.
Filtra entre tus fichas por nombre, por tienda, por categoría, por fecha de alta y por si están en la Wishlist. No busca en internet: busca en lo que ya has guardado.
La aplicación no propone ninguna ni adivina cuál le toca a cada ficha, y es a propósito: las tiendas llaman a lo mismo de cinco maneras distintas y en cinco idiomas, y una categoría automática acaba siendo un cajón de sastre. Se crean, se ordenan, se renombran y se fusionan.
La aplicación comprueba los precios sola, también cerrada. Puedes fijar la frecuencia de cada ficha, o la de todas a la vez, desde una vez por hora hasta una vez al día. Entre dos consultas del mismo producto pasa siempre una hora como mínimo, por cortesía con la tienda y porque mirar más a menudo gasta batería y datos sin encontrar casi nunca nada nuevo. Y hay que decirlo sin adornos: el momento exacto lo decide Android, no la aplicación, así que la frecuencia que eliges es «no más a menudo que esto», no «cada tanto exacto».
Para avisarte con la aplicación cerrada, el sistema tiene que dejarla despertar, y muchos móviles la detienen para ahorrar batería. La aplicación detecta el fabricante de tu teléfono y te da los pasos concretos de ese móvil, con un botón que abre directamente la pantalla del sistema donde se cambia. Y te avisa sola si lleva demasiado tiempo sin poder trabajar.
Hay tiendas que dejan de publicar el precio, cambian la ficha o rechazan la consulta. La aplicación te explica qué ha pasado y, en lugar de insistir, va espaciando los intentos hasta una vez al día; vuelve al ritmo normal en cuanto una lectura sale bien. Si la tienda pide comprobar que hay una persona detrás, te lo muestra para que lo resuelvas tú: nunca lo hace por su cuenta.
La aplicación guarda una bitácora de lo que va haciendo: cuándo la despertó Android, qué comprobó y qué falló. Se ve desde los ajustes y se copia entera con un botón, para pegarla en un mensaje a soporte. Con eso se diagnostica en un minuto lo que por correo cuesta cinco mensajes.
No hay cuenta ni registro: los productos, su historial, tus avisos y tus notas viven en este móvil, no en ningún servidor nuestro. De cada ficha se guarda también lo que la tienda publica en abierto —su descripción y su puntuación— para que puedas reconocerla meses después; no se usa para nada automático. Si en Ajustes has escrito cómo quieres que la app se dirija a ti, ese nombre se guarda aquí igual que lo demás: solo sirve para saludarte en tu lista, no viaja a ninguna tienda y no aparece en los avisos. La única conexión con un servidor nuestro es la que pide permiso para leer los anuncios de eBay, y en ella no viaja qué productos sigues ni nada tuyo. Las imágenes de los productos vienen desactivadas; si las enciendes, se cargan desde la web de la tienda.
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